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Como Pedro por su casa

La subdelegada del Gobierno en la provincia, Encarna Llinares , dice lo único que puede decir en razón a su cargo cuando se le pregunta acerca de la falta de vigilancia en el acceso a la cárcel de Fontcalent: que la seguridad está garantizada. Pero seguramente no dice lo que piensa, y tal vez acuciada por ese autoengaño a su propia inteligencia a renglón seguido anuncia que va a convocar con urgencia a la Guardia Civil, a la Dirección General de Prisiones y hasta al lucero del alba si fuera necesario para solucionar el problema.

Fuente: Información.es

La subdelegada del Gobierno en la provincia, Encarna Llinares , dice lo único que puede decir en razón a su cargo cuando se le pregunta acerca de la falta de vigilancia en el acceso a la cárcel de Fontcalent: que la seguridad está garantizada. Pero seguramente no dice lo que piensa, y tal vez acuciada por ese autoengaño a su propia inteligencia a renglón seguido anuncia que va a convocar con urgencia a la Guardia Civil, a la Dirección General de Prisiones y hasta al lucero del alba si fuera necesario para solucionar el problema. Porque eso es lo que hay en el masificado establecimiento penitenciario: un sorprendente problema que expone al aire las vergüenzas de los que están obligados a resolverlo con independencia de quién tiene la competencia y de los enjuagues organizativos que deban hacer para finiquitarlo las administraciones involucradas. Si unas instalaciones ya de por sí depauperadas en las que, entre otros, hay internos relacionados con el terrorismo islamista como los que acaban de ponerse en huelga de hambre, pueden ofrecer garantías de seguridad cuando la entrada de vehículos se hace con plena libertad al menos durante unas horas al día, qué debemos entender por inseguridad. Y además, si todo está atado y bien atado y la ausencia de vigilancia no es como para mesarse los cabellos, ¿para qué está la garita, convenientemente amueblada, pero ocupada sólo a tiempo parcial ¿Y la valla ¿Cuál es el cometido de la valla alternativamente blanca y roja con su correspondiente señal de stop que, sin embargo, permanece levantada como una invitación muda a franquearla sin otra cortapisa que la voluntad del funcionario, cosa que entraría dentro de la normalidad, o del intruso, aspecto éste indeseado por el evidente riesgo que comporta.

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