Fuente: El Confidencial
Se ha aplicado en Soto del Real y Burgos, las cárceles con más islamistas. Los expertos concluyen que para desactivar un extremista hacen falta al menos cinco años
Experiencia en Francia y en dos prisiones españolas
Ese plan de desradicalización, explica a ECD la Agrupación de la Administración de Instituciones Penitenciarias, tiene su origen en el trabajo efectuado por la a ntropóloga francesa Dounia Bouzar, que dirige el Centro de Prevención contra los desvíos sectarios relacionados con el islam.La especialista gala ha generado programas de desradicalización, como colaboradora del Ministerio del Interior francés, que se llevan aplicando en Francia desde hace tres años.Su estrategia se sustenta en las normas penitenciarias, la recogida de información de los componentes psicológicos de la radicalización de cada interno, el asesoramiento psicológico y religioso en las diferentes actuaciones, la generación de prácticas de entrenamiento y programas educacionales en sus diferentes vertientes (culturales, religiosos y laborales), una supervisión continuada, y una vigilancia posterior una vez finalizado el programa.En España, y más concretamente en las cárceles de Soto del Real y de Burgos, donde se concentra un gran número de presos islamistas, se han seguido algunas de las pautas venidas de Francia, como la intervención individualizada a cada preso teniendo en cuenta su grado de radicalización. Para ello, se divide a este tipo de presos en tres grupos:--En el Grupo A se incluye a los condenados por pertenencia o colaboración con grupos terroristas. En este colectivo existe un riesgo elevado y hay presencia de ideología radicalizada. En el último informe, de octubre de 2016, se contabilizaron 115 presos de este tipo.--En el Grupo B se sitúan aquellos que actúan como líderes y reclutadores, y que facilitan el desarrollo de actitudes extremistas y radicales en la población reclusa. En el informe de octubre de 2016 se contabilizaron 33 internos de este tipo.--En el Grupo C se agrupan los radicalizados o en proceso de radicalización extremista, incluyendo también a los internos con nivel de riesgo y vulnerabilidad hacia el proceso de captación. En el informe de octubre de 2016 se contabilizaron 80 presos de este tipo.Tipos de intervención
Para los internos del Grupo A, Prisiones plantea una “ intervención intensa, individual y sostenida en el tiempo”. Además, y en opinión del presidente de ACAIP, José Ramón López, esa vigilancia de los funcionarios de prisiones debe ser muy continuada, y por equipos, porque “será muy difícil apartarlos de la influencia del grupo”.Sobre los Grupos B y C, el objetivo es evitar el ya citado “efecto contagio” de otros internos musulmanes, por lo que es preferible una intervención grupal, frente a la individualizada que se aplica a los presos ingresados por pertenencia a un grupo terrorista.No obstante, el común denominador para todos estos casos es extremar las precauciones en las zonas habilitadas para el culto, así como un mayor control sobre los imanes que dan los sermones en las cárceles.
El plan solo es eficaz a largo plazo
Según la Agrupación de la Administración de Instituciones Penitenciarias, la probabilidad de que un individuo abandone la violencia depende de una suma de factores, como el grado de compromiso que tiene con el grupo de pertenencia y su vinculación o no al extremismo violento.
En todo caso, señalan las fuentes consultadas, “ el debate religioso y la contranarrativa por sí solos no reforman al violento, ya que no rompen los vínculos afectivos y pragmáticos del violento con el grupo ni le dan autonomía para una nueva vida. Si la persona iba a ser castigada, no rompe ese vínculo. Si la persona iba a ser recompensada, no rompe ese vínculo”.
La desradicalización, por tanto, debe entenderse siempre a largo plazo porque “no se ha demostrado su eficacia a corto plazo”. Según los técnicos de Prisiones, para que un proceso esté totalmente “limpio”, tienen que pasar, como mínimo, 5 años, aunque el proceso puede extenderse durante diez más.
Así las cosas, desde ACAIP concluyen que “ es más práctico desmovilizar o desvincular de la violencia que desradicalizar”.
Se desmoviliza, añaden, “fomentando la desilusión por la vida que lleva el violento y dándole un significado a su nueva vida basado en la certidumbre: hay un futuro viable y positivo”.