REVISTA ENERO 2020 - page 35

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EVISTA AGRUPACION CUERPOS DE LA ADMINISTRACIÓN DE II.PP
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ENERO/FEBRERO
2020
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Página 35
LA VOZ DE GALICIA
El patio de mi cárcel
Javier Collazo. Centro Penitenciario de A Lama
Hace un año, este periódico me dio la oportunidad de publicar
un artículo de opinión en el que señalaba la conveniencia de
dar visibilidad al trabajo de los funcionarios de prisiones, tan
desconocido para la sociedad. Debido a la labor de difusión
realizada por sindicatos y asociaciones, hoy resultan
familiares noticias sobre problemas que antes permanecían
ocultos tras las rejas de la prisión. No se trata de una
información prolija, sino de una pequeña muestra. Somos
conscientes de que ni la sociedad ni los medios de
comunicación estarían preparados para recibir todo el
torrente de morbo que un entorno como el nuestro genera día
tras día.
Dos son las razones que nos han llevado a actuar así. En
primer lugar, esperamos que el conocimiento por parte de la
ciudadanía sobre las dificultades de nuestro trabajo, le
permita entender lo legítimo de nuestras reivindicaciones
laborales. Pero hay otro motivo, más humano, que hunde sus
raíces en la frustración: sabemos que a la Administración
penitenciaria, simplemente, no le gusta. Claro que a nosotros
tampoco nos gusta el amargo jarabe que nos han recetado.
Contiene engaños, ninguneo, criminalización, expedientes
disciplinarios y arbitrariedades, entre otros ingredientes
tóxicos.
Desde que trabajo en la prisión de
A Lama
, he visto entrar
jinetes a caballo, carreras de karts, y espectáculos musicales.
Instituciones Penitenciarias es libre de fomentar la difusión de
estas actividades en los medios, y tengo claro que no nos
atañe a los trabajadores cuestionar la orientación de sus
políticas. Lo que sí nos corresponde es exigir que nuestro
trabajo se desarrolle con las debidas garantías de seguridad,
con efectivos suficientes y reconociendo su especial
penosidad. No es lo mismo tramitar instancias que sufrir
agresiones; pero es que a nosotros nos puede tocar recibir
ambas cosas en el mismo día. Entre todos los profesionales
implicados, apagamos incendios, salvamos vidas,
solucionamos problemas vitales, o ayudamos a resolver las
adicciones y la ignorancia que están detrás de muchas
trayectorias delictivas. En los casos intratables, hacemos
frente a situaciones duras con medios escasos y, en última
instancia, somos garantes del principio de autoridad del
Estado frente a quienes desafían la convivencia.
A día de hoy no aspiro a que los niños quieran ser
funcionarios de prisiones, en vez de policías o médicos, y si
eso sucediera empezaría a preocuparme. Pero si he de
soportar el estigma de ser sospechoso de corrupto, incapaz,
bruto o torturador, y ser el malo en el argumento de las
películas, y, últimamente, en las Instrucciones que dicta la
Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, al menos
que me paguen por ello.
Es una pena que ni siquiera se hayan satisfecho algunas de
las mejoras que llevamos años demandando y que no
costaban un solo euro. Por ejemplo, reconocernos como
agentes de la autoridad, o cambiar la denominación del
«Cuerpo de Ayudantes» por otra más digna. No haber hecho
nada, después de tantas promesas, denota una clamorosa
falta de voluntad, para desconcierto de muchos cargos
socialistas que en su día nos brindaron su apoyo.
El
conflicto laboral
lleva más de dos años enquistado y va por
el tercer gobierno. Ojalá que los asesores de esta generación
de políticos mal avenidos, los convenzan de que a España
(esta vez sí) le vendría bien tener un gobierno. A nosotros,
desde luego, nos vendría bien tener un interlocutor.
Dedicado a los
funcionarios de prisiones.
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