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La muerte de Alexander Solzhenitsin me ha sorprendido en la página 611 de su minucioso Archipiélago Gulag, obra reveladora del sistema judicial y penitenciario de la felizmente desaparecida dictadura de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Fuente: El Periódico Mediterráneo

MIGUEL Barrachina Ros.

La muerte de Alexander Solzhenitsin me ha sorprendido en la página 611 de su minucioso Archipiélago Gulag, obra reveladora del sistema judicial y penitenciario de la felizmente desaparecida dictadura de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

La tormentosa vida de Solzhenitsin, condenado por escribir una carta a un amigo, y su experiencia carcelaria, relatada a través del testimonio de 227 supervivientes de los gulags, o campos de concentración soviéticos, merece que sigamos tributándole homenaje a través de su lectura.

De aquella tragedia siberiana, en la que perecieron millones de inocentes, hasta la actualidad, las ideologías totalitarias están en feliz retroceso, y es tan formidable como bienvenido el contraste, con nuestra realidad penitenciaria. No obstante hay un comportamiento pendular por parte de quienes dirigen nuestras cárceles que merece ser denunciado.

Actualmente, los etarras en nuestras cárceles tienen un trato privilegiado. Así pudo apreciarlo la opinión pública cuando el criminal Iñaki de Juana Chaos, en teórica prisión por asesinar a 25 inocentes, dormía y se duchaba junto a su novia, y así ocurre diariamente en los centros penitenciarios españoles.

Solo con un trato de favor se puede justificar que el etarra Juan Carlos Iglesias Chouzas, alias Gadafi, fuese el pasado 3 de junio trasladado a lo cárcel de Picassent, y allí, junto a su mujer, la terrorista Nagore Múgica, también terrorista, y su hija, y en solo día, disfrutara de clases de taichí, una representación teatral, piscina y una paella entre amigos.

Sí, sorpréndanse, Gadafi y Múgica, junto a su hija y otras dos parejas de etarras, Alaitz Iturrioz e Ibon Urrestarazu y Cristina Gete y Jesús María Lombide, todos ellos etarras no arrepentidos, de paella en el polideportivo de la cárcel de Picassent. Es uno más de entre los muchos privilegios de que gozan aquellos que, pese al hacinamiento penitenciario, disfrutan en todas las prisiones de celda individual.

Época de contrastes, pero entre Stalin y la complaciente Gallizo habrá un término medio, más cerca de esta última ciertamente.

Diputado del PP por Castellón.

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