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Jamás lo entendí, pero me acostumbré de chico a nuestras interminables penas judiciales: mil trescientos catorce años y un día de prisión mayor. Pregunté en casa por aquellas larguras y sobre todo por lo del día, algo ininteligible que me traía sin sueño, y nadie supo darme razón. Bien es verdad que mi padre era médico y mi madre nunca se realizó, quedándose en bachiller superior y en lo de sus labores.
Fuente: canariasaldia.com
Jamás lo entendí, pero me acostumbré de chico a nuestras interminables penas judiciales: mil trescientos catorce años y un día de prisión mayor. Pregunté en casa por aquellas larguras y sobre todo por lo del día, algo ininteligible que me traía sin sueño, y nadie supo darme razón. Bien es verdad que mi padre era médico y mi madre nunca se realizó, quedándose en bachiller superior y en lo de sus labores.
Mi abuelo, que dormía la siesta tumbado en su sillón favorito con el ABC sobre las napias, medio rezongó una vez que aquella longitud penal, casi de infierno, nunca pasaba de treinta años. Un primo carnal de mi madre, famoso por su mala leche, insinuó que lo de añadir un día era cosa gallega, una ocurrencia del general ideada simplemente por joder. Añadió que la prisión perpetua era rara, que sólo la cumplía el sacamantecas cuando lo trincaban. No sé a vosotros, pero a mí me asustaban cuando no comía con el aceite de hígado de bacalao y el sacamantecas. Era al final de los infaustos cuarenta, época de hambrunas, sequías, anemias, trileros, sarnas, saltimbanquis, piojos, la cabra y la escalera, el oso asturiano, chinches y alopecias, la posguerra mundial.
El sacamantecas era un ente de ficción, pero a mí me lo encarnaban en un pobre hombre con más gazuza que un cesante de la primera república, con gabardina sórdida y un saco al hombro, un vulgar e inofensivo trapero. Recuerdo que lo temí hasta los ocho años, cuando coincidí con él en el portal, me sonrió y me dio un pirulí de fresa. Malos tiempos aquellos para la delincuencia: existía la pena de muerte, había cárcel perpetua, funcionaban los trabajos forzados y se cumplían las condenas.
Hoy la cosa es distinta y no siempre para mejor. Bien por la abolición de la pena capital, barbaridad que ni es ejemplarizante ni conduce a nada. Bendita la redención de penas por el trabajo para presos comunes. Buena su formación universitaria si es legal, sin padrinos, a través de la Uned. Alabada la reinserción social del ex presidiario. Pero en casi todo lo demás disiento de nuestros legisladores. Hay dos casos sangrantes, que requieren un trato especial: violación seguida de asesinato y terrorismo con resultado de muerte. Entonces debiera proceder la cadena perpetua acompañada de trabajos forzados. Existe en muchos estados europeos y nadie se rasga las vestiduras.
Lo que está ocurriendo en España con los terroristas clama al cielo. Nos amenazan, secuestran, asesinan, insultan, chantajean y, aprovechando la ingenuidad de unos, la complicidad de otros y la ignorancia del resto, se carcajean de la justicia.
Si los sueños de la razón producen monstruos, los de la ignorancia fabrican esperpentos. ¿Cómo puede pasearse un condenado por 25 asesinatos entre los familiares de sus víctimas? ¿Con qué se come que una terrorista sanguinaria salga a la calle porque quiera inseminarse artificialmente? ¿Y qué de la alcaldesa que se niega a condenar las salvajadas de eta y es puesta en libertad porque no hay riesgo de fuga?
Parece que le tengamos miedo a nuestra democracia. Será quizá su juventud. Actuemos con firmeza, sin complejos, y legislemos con mano dura cuando sea necesario, como en Francia o Inglaterra, siendo magnánimos cuando proceda. Con la mala conciencia de la dictadura, nuestros legisladores se han pasado de generosos diseñando una justicia que vela más por los derechos de los transgresores que de los trasgredidos.
De esta forma vivimos hoy un crimen contra la democracia, casi un fraude de ley, que ha desembocado en el bodrio chirriante esbozado más arriba: De Juana sale a menos de un año de cárcel por asesinato fabricándose un falso expediente académico. El pajarraco no ha salido de la trena catedrático de bioquímica porque no ha querido: haber quién es el guapo que se atreve a suspender a un tipo con tan siniestro y singular careto.
Al tiempo Elena Beloki sale del talego tras cumplir un año de los 13 a que fue condenada porque, a sus 47, desea ser inseminada artificialmente. Y menos mal… Llegará el día que les dejen salir a fornicar sin más, por darse gusto. Sería de cachondeo si no fuese para llorar. Supongo que sus compañeras de metralleta en ristre y goma dos querrán también ser madres cuando corra la especie de que el embarazo artificial es el mejor sistema para eludir la acción de la justicia. ¿Y qué pasa con las presas normales? ¿No son de Dios? Porque el colmo de la sinrazón sería que se concediese el privilegio sólo a las etarras, ennobleciendo así la bomba lapa y la explosión horrísona, lo que los valientes gudaris llaman eufemísticamente acción armada.
Los efectos de una legislación cobarde y mal planteada los tenemos a la vista: los muertos al hoyo, los terroristas al bollo y ambas cámaras legislativas presumiendo de democracia. Llamemos a las cosas por su nombre y legislemos bien. Penas reales: nada de la engañifa de cientos o miles de años que se quedan en nada. Cárcel de verdad: no más prisiones mayores o menores.
Redención de penas sólo por el trabajo: portarse bien es obligación de cualquier bien nacido. Y por fin, cadena perpetua para los terroristas sangrientos o violadores-asesinos. Más de uno merecería también el rebenque embreado al modo galeote, en las dianas, o el azote vespertino con vergajo auténtico, me refiero al manufacturado con verga retorcida de toro de seis hierbas, pero ello les queda reservado al purgatorio. Porque, aviso a los navegantes, purgatorio vero, me refiero al de Dante, aquí o en otra parte haberlo haylo.
Antonio Cavanillas. Cirujano. Escritor.