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Ningún familiar se decidió a hacerse cargo del cadáver y el Estado le dio sepultura en Granada El hombre, que se ahorcó en su celda, delinquió durante medio siglo.
Fuente: idealdigital
El sepelio en Granada de Jerónimo R. R., de 66 años, fue una paradoja póstuma: después de pasar la mayor parte de su vida al margen de la ley y el Estado, fue una administración estatal, Instituciones Penitenciarias, la que corrió con los gastos de su entierro.
Al final de la escapada sólo estuvo una vieja conocida: la cárcel, en este caso, el presidio de Albolote, donde ingresó el pasado mes de junio tras perpetrar en Motril el que, a la postre, sería su último atraco.
Apenas dos meses después, Jerónimo puso fin a sus días ahorcándose en la celda que ocupaba en el penal granadino. Murió solo y recibió sepultura solo. Ningún familiar se decidió a hacerse cargo del cadáver. Sus parientes -que, al parecer, residen en Madrid- debieron enterarse por los medios de comunicación del suicidio de Jerónimo y se interesaron por lo ocurrido. Sin embargo, no reclamaron los restos mortales del difunto y fue la prisión la que asumió el funeral.
Jerónimo, que había nacido en Almuñécar pero se crió en la capital de España, yace en tierra granadina.
Era el punto y final a una carrera criminal que se había prolongado durante casi medio siglo. El fallecido cometió sus primeros delitos graves recién salido de la adolescencia y el último, cuando ya había sobrepasado la edad de jubilación: con 66 años. No debe de haber muchos historiales así. Ni siquiera el mismísimo Jaime Jiménez Arbe, alias 'El Solitario', se aproxima a esa insólita marca. De hecho, Jiménez Arbe, de 'solamente' 51 años, pensaba retirarse e irse a vivir a Brasil cuando fue detenido en Portugal con las manos en la masa.
El arma de la experiencia
A Jerónimo quizá alguna vez se le pasó por la cabeza esa posibilidad, pero lo cierto es que no lo hizo. Puede que no le diera tiempo, quizá el de Motril iba a ser uno de sus últimos golpes (días antes habían actuado, presuntamente, en Almería, El Ejido, Almuñécar...), pero nada salió bien y fue detenido a tiros junto a un compinche diez años más joven que él.
Jerónimo, que hirió y fue herido en la refriega con las Fuerzas de Seguridad del Estado, era un tipo duro, arisco y, según la Policía, «muy peligroso» (siete personas, entra ellas él y cuatro policías, acabaron en el hospital con impactos de bala en sus cuerpos: una auténtica batalla).
Su dilatadísima experiencia era, seguramente, su mejor arma. Conoció la prisión por primera vez cuando a Franco aún le quedaban unos cuantos años por vivir.
La muerte del dictador supuso su excarcelación. Los presos comunes no quisieron ser menos que los llamados 'políticos' y exigieron la amnistía. Jerónimo fue uno de los reclusos que acabaría beneficiándose de esa medida de gracia extraordinaria.
Libre y sin pasado
Salió a la calle y sin pasado: el indulto supuso la cancelación de todos sus antecedentes penales (de ahí que su expediente estuviera limpio cuando cayó en Motril). Corría el año 1977 y Jerónimo era, oficialmente, un hombre nuevo.
Jerónimo volvería ser noticia poco después... y por nada bueno otra vez. No había cambiado. Seguía siendo el mismo..., aunque algo más experimentado. En 1984, cumplía condena en un penal suizo por tráfico de drogas e intento de homicidio. En su cabeza bullía la idea de fugarse y lo consiguió. Junto a otro interno también de nacionalidad española, escapó llevando como rehén a uno de los proveedores del centro penitenciario. Hubo un tiroteo y un policía resultó muerto.
No fue detenido y nada más se supo de él hasta que reapareció en Motril.
Los investigadores de las Fuerzas de Seguridad están convencidos de que, durante todo ese tiempo, Jerónimo siguió perpetrando atracos aquí y allá. Era su especialidad.
Sin compañía
Sus conocimientos no le sirvieron para eludir el cerco policial en Motril. Recibió un balazo en el pecho, pero se recuperó en pocos días. Un tipo duro de verdad.
Jerónimo fue conducido entonces al presidio provincial de Albolote. Allí no se relacionó con nadie. Su carácter era fuerte, desabrido, violento. No tenía compañía en la celda. Estaba solo. Era lo más seguro. El veterano atracador era hombre de muy pocas palabras, pero de hechos contundentes. Ahí estaba su extenso currículo para demostrarlo. Así que lo mejor era que estuviera solo. Su perfil no era el de una persona que tiene la intención de suicidarse, pero quizá no pudo soportar la idea de pasar también su vejez entre rejas. O puede que ya no se viera con fuerzas para intentar fugarse y, con la misma frialdad que atacó a otros, atentó contra sí mismo.