ENFOQUE Nº 3 - page 8

ENFOQUE
INTERVENCIÓN
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CARLOS FERNANDEZ GOMEZ
A menudo, más a menudo de lo que
cabría esperar, sigo escuchando la vie-
ja discusión acerca de si el tratamiento
es más importante que el régimen pe-
nitenciario, o viceversa. Sigo asistien-
do a la vieja dicotomía entre los profe-
sionales de tratamiento (entre los que
me incluyo) y aquellos de interior con
funciones principales de vigilancia y
custodia de los internos. Y he de decir
que me sigue pareciendo una división
artificiosa y no ajustada en modo al-
guno a la realidad. Ni siquiera es una
separación que soporte la lectura de la
normativa penitenciaria.
Tratamiento y régimen pueden, y
deben, ir absolutamente juntos. Y pro-
curaré explicar mi punto de vista.
En primer lugar, la intervención pe-
nitenciaria que llevamos a cabo los psi-
cólogos y el resto de profesionales del
área de tratamiento, bajo la subdirec-
ción correspondiente, no puede jamás
consistir en una intervención a la me-
dida o gusto del interno. Los psicólogos
no somos asistentes del condenado, ni
terapeutas incondicionales. No todas
las necesidades terapéuticas del inter-
no pueden atenderse. Los profesiona-
les del área somos funcionarios de la
Administración Penitenciaria, servido-
res públicos, y la tarea que nos corres-
ponde es específica y clara: evitar la
reincidencia delictiva del condenado y
trabajar en ese sentido. La reeducación
y reinserción social, amparada en nues-
tra Constitución, mira hacia ese lugar.
Que nadie lo dude, por favor.
Los modelos teóricos más recientes,
aplaudidos y reconocidos por diver-
sos autores, apuntan a tres realidades:
hay que intervenir sobre aquellos de-
lincuentes de mayor riesgo, se deben
abordar y tratar las variables psicoso-
ciales directamente relacionadas con
la actividad delictiva, y se debe ajustar
la intervención a los parámetros en los
que más y mejor pueda rendir el inter-
no. En otras palabras, que la interven-
ción se plantee de forma inteligente y
con un objetivo claro y nítido.
Ese, y no otro, es el tratamiento pe-
nitenciario que el Reglamento y la Ley
nos brindan. Nuestra normativa legal
(absolutamente moderna, avanzada y
garantista) permite añadir y enrique-
cer dicho tratamiento con actividades
educativas, deportivas y con el propio
desempeño laboral. Pocos países en
Europa (no digamos ya en el resto del
mundo) gozan de un sistema con la po-
tencialidad reeducativa del nuestro.
¿Y por qué entonces el régimen y las
restricciones de seguridad propias de
una prisión? Porque sencillamente sin
El tratamiento y la
visión de conjunto
Una prisión funciona como un todo complejo, donde
son muchos los agentes intervinientes, pero todos
interdependientes
el régimen penitenciario lo anterior se
desvirtúa, se diluye y pierde su esencia.
Sólo si tenemos claro que el tratamien-
to se desempeña en un contexto de
ejecución penal donde la conservación
del orden, la seguridad y la disciplina
son aspectos nucleares, podremos en-
tender que necesitamos de esas líneas
rojas. Sin esas líneas rojas normativas
y regimentales, corremos el riesgo de
desnortar la intervención y de conver-
tirla en una asistencia a demanda que
en nada beneficiaría al interno. Y en la
que nosotros mismos, como técnicos,
nos convertiríamos en otra cosa distin-
ta a lo que somos.
Estoy de acuerdo en que el trata-
miento es prioritario. Defiendo que
la finalidad de la reclusión no puede
ser en modo alguno la disciplina, sino
recuperar a la persona. Y soy firme
partidario de involucrarse lo máximo
posible en la tarea de tratar. No opo-
sité a psicólogo de prisiones para ver
exclusivamente recuentos y cacheos,
pero tengo claro que mi labor no pue-
de llevarse a cabo ajena al resto de
compañeros, y que esos recuentos y
cacheos son sencillamente imprescin-
dibles y forman parte de una realidad
mucho más amplia que mi desempeño
cotidiano y diario. Mi labor, ajena a las
demás labores, pierde su sentido. Y he
aquí una asignatura pendiente que to-
dos tenemos: saber observar la prisión
desde una visión de conjunto.
Hasta la fecha, en mayor o menor
medida, seguimos siendo firmes de-
fensores de nuestra parcela de trabajo.
Ello es positivo, pero el problema es
que lo somos obviando frecuentemen-
te los requerimientos y necesidades
de las otras áreas, que realmente son
complementarias y nunca incompati-
bles con la nuestra (aunque esto último
solemos olvidarlo). Por este motivo,
vuelvo a plantear una visión del trata-
miento penitenciario que no quede an-
clada en los deseos y aspiraciones par-
ticulares de los profesionales, quienes
a veces necesitamos estar en “lucha”
absurda con otros profesionales. Valga
este posicionamiento, qué duda cabe,
también para otros sectores que no son
reglamentariamente tratamentales: las
cuestiones de seguridad, de régimen
o de vigilancia interior, difícilmente
cobrarán sentido pleno si no se bene-
fician y tienen en cuenta la tarea de
quienes tratamos e intervenimos sobre
los internos. La complementariedad
no sólo es posible, sino necesaria.
¿Es posible el tratamiento sin contar
con los servicios médicos?, ¿puedo in-
tervenir en unmódulo si no estoy bajo la
vigilancia y ayuda directa de los compa-
ñeros?, ¿puede aportarme información
útil al valorar un permiso el funcionario
construcción (mantenida por algunos)
carente de sentido y artificial. Estéril y
en nada ajustada a la realidad cotidiana
de una prisión.
Sólo desde posiciones integradoras y
flexibles, y sólo desde una visión de con-
junto que todos sepamos respetar, sere-
mos capaces de ir eliminando aristas in-
cómodas que aúnpersisten y que bajomi
punto de vista contaminan la dedicación
a un servicio público. El tratamiento pe-
nitenciario tiene sentido y debe a su vez ir
en un sentido, ya lo he explicado. Ningún
instrumento, sistema o estrategia serán
útiles o beneficiosos para los internos si
no se encuentran adecuadamente ubica-
dos en el conjunto del sistema de ejecu-
ción penal, en el cual estamos incluidos
todos los profesionales sin excepción. ¿A
qué me refiero? A que nuestro sistema,
bien gestionado, posee en sí mismo una
posibilidad muy razonable de reinser-
ción social. Las diferentes opciones de
intervención que han ido incorporán-
dose al mismo (y son muchas) deben
enriquecerle en la medida en la que se
armonicen con él y aprovechen de forma
genuina sus principios naturales.
Y en esos principios, que nadie lo
dude, no caben ni las divisiones, ni los
frentismos, ni las construcciones de
humo.
Carlos Fernandez Gomez
Es Psi-
cólogo del Cuerpo Superior de Téc-
nicos de Instituciones Penitencia-
rias.
que prácticamente vive con el interno en
el módulo?, ¿tanto sabemos los psicólo-
gos como para explorar el expediente de
un interno en busca de información sin
la ayuda de los funcionarios de la Ofi-
cina de Gestión en un momento deter-
minado?, ¿no es mi trabajo más seguro
gracias a las operaciones de los grupos
control y seguridad? Francamente, no
creo que sean preguntas menores, y sin
embargo no solemos plantearlas. Nos
confrontan con una realidad a menu-
do pasada por alto: la prisión funciona
como un todo complejo, donde sonmu-
chos los agentes y actores intervinien-
tes, cada uno de ellos con su responsa-
bilidad. Pero todos interdependientes.
Y digo interdependientes a propósito:
mi trabajo no está en función exclusi-
vamente del área de seguridad, ni a la
inversa. Pero lo que hacemos cada uno
tiene efectos en el desempeño del otro.
Llegados este punto, comprende-
rá el lector que la dicotomía entre ré-
gimen y tratamiento me parezca una
Todos tenemos
una asignatura
pendiente: saber
observar la prisión
desde una visión
de conjunto
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