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El problema de nuestro sistema penitenciario no son las cárceles, sino la lentitud de la justicia. La mezcla de penados con presos preventivos y el agotamiento del plazo máximo de reclusión de éstos provocan el hacinamiento carcelario y la ingobernabilidad de nuestras prisiones.
Fuente: lasprovincias.es
El problema de nuestro sistema penitenciario no son las cárceles, sino la lentitud de la justicia. La mezcla de penados con presos preventivos y el agotamiento del plazo máximo de reclusión de éstos provocan el hacinamiento carcelario y la ingobernabilidad de nuestras prisiones.
Así están las cosas.
Eso, sin contar con la inutilidad de algunos jueces, como la magistrada Adelina Entrena, que dejó 437 días olvidado en la cárcel a un acusado, José Campoy Maldonado, al que había declarado inocente. Para compensar tal iniquidad, se producen otros desbarajustes procesales en sentido contrario, como el que ha permitido que Santiago del Valle, presunto asesino de la niña María Luz Cortés, se hallase en la calle cuando debería estar cumpliendo condena.
No es el único error judicial clamoroso. En 2002, se excarceló sin juicio a Allekema Lamari, quien así pudo participar dos años después en la matanza de Atocha, y por otro error judicial también quedó en libertad Saed El Harrak, imputado en la misma masacre.
Aun así, la población reclusa de España se ha duplicado en 16 años, superando hoy día los 70.000 internos. Es decir, que el nuestro es el país de Europa con más presos en proporción al número de habitantes.
La cantidad de plazas penitenciarias, claro, no ha crecido en la misma proporción. Hace años que siguen existiendo los mismos 77 centros de reclusión y, aunque esté aprobada la construcción de 11 nuevas cárceles más modernas, con 18.000 plazas más, la lentitud y la oposición vecinal son las constantes en la mayoría de los casos. Mientras tanto, celdas proyectadas para uso individual son ocupadas por dos reclusos, dificultando así tanto la convivencia como el control por parte de los funcionarios.
Para acabar de complicar el manejo de las cárceles españolas, con distintos módulos para presos de diferente peligrosidad y con zonas de esparcimiento, encuentros vis a vis, talleres, actividades deportivas y de otro tipo, se produce el aumento de internos foráneos, que tienen otras lenguas y culturas y requieren la confección de menús adaptados a sus creencias religiosas. Hoy día, la tercera parte de nuestros reclusos son extranjeros, ya que, entre otras razones, a ellos no se les suele aplicar con la misma prodigalidad que a los nativos la libertad condicional, dado su mayor riesgo de fuga.
Pero hablábamos de Picassent.
Tan mal deben estar las cosas en la cárcel valenciana, en comparación con otras, que le ha sido aceptada sin rechistar la dimisión a su director, José García Pardo. Enfatizo el hecho, porque conozco otros directores de prisión que, agobiados por la situación hasta aquí descrita, han presentado en alguna ocasión su renuncia y no les ha sido admitida, ya que encontrar responsables carcelarios competentes suele ser tarea más que difícil. Ahora, en cambio, la directora general de Instituciones Penitenciarias, Mercedes Gallizo, sí que lo ha hecho encantada.
Y es que en los últimos cuatro meses en el centro se han producido al menos tres presuntos homicidios, el secuestro de tres funcionarios y un intento de fuga en grupo: muchos acontecimientos y demasiado notorios que han puesto a Picassent en el punto de mira de la opinión pública.
La verdad, sin embargo, es que la directora general no es ajena a tanto desastre. Después de haberse resuelto in extremis el motín del pasado noviembre, ella y el delegado del Gobierno en la Comunitat Valenciana, Antoni Bernabé, tras felicitarse mutuamente, prometieron una serie de obras materiales y de reformas funcionales que no han tenido lugar. Por eso, Picassent continúa siendo una de las prisiones más obsoletas de todo nuestro sistema penitenciario.
Lo malo es que las cosas no van a mejorar en breve.
Recapitulemos: la instauración de juicios rápidos ha sido insuficiente para agilizar los procesos judiciales, el número de presos crece más rápidamente que el de plazas, casi todos los detenidos preventivos agotan su estancia carcelaria, su capacidad de deambular con escasas restricciones dentro del recinto penitenciario exige más funcionarios y mejor preparados,
Todo esto, no es de hoy para mañana. Por eso, pese a la a veces abnegada dedicación de sus funcionarios, Picassent continuará siendo noticia, y no precisamente positiva, durante algún tiempo.
Y, si no abordamos una reforma a fondo de todo nuestro sistema penal y, sobre todo, judicial, ni les cuento.