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Interior espera que más presos de la banda hagan público en los próximos meses su rechazo a la violencia.

Fuente: publico.es

Que un preso de ETA critique públicamente a la banda no se ve todos los días. Ni siquiera una vez al año. De hecho, en los últimos tiempos han sido muy pocos, y siempre muy espaciados en el tiempo, los que han dado ese paso. Un paso de consecuencias imprevisibles para ellos y, también, para sus familias. Aislamiento en sus pueblos, insultos, agresiones... todo ello acompañado del llamado síndrome Yoyes, el miedo a acabar asesinado por la propia banda.

Por ello, que en los últimos siete meses cuatro destacados miembros de ETA -José Luis Álvarez Santacristina, Txelis, y Kepa Pikabea, por un lado, José Luis Urrusolo y Carmen Gisasola por otro- hayan dado el paso es un hecho desconocido en los más de 40 años de existencia de la organización terrorista. Nunca antes se habían conocido en tan poco espacio de tiempo dos textos redactados por miembros de ETA en los que estos pidieran el abandono de la violencia.

Claro que también nunca antes en toda la democracia había habido tanto presos de ETA -cerca de 600 en España y más de 150 en Francia-. Ni tampoco nunca antes se habían creado tantas expectactivas entre ellos de un final dialogada de la violencia como durante el último proceso paz, que la propia ETA se encargó de dinamitar con el atentado de la T4 .

Todo ello se ha traducido, según fuentes de la lucha antiterrorista y penitenciarias consultadas por Público, en la existencia de un fuerte malestar, nunca visto hasta ahora, dentro de las cárceles hacia los dirigentes de la organización. "Muchos se veían fuera y, ahora, se dan cuenta que aún les quedan muchos años tras las rejas. No entienden por qué ETA rompió el diálogo con el Gobierno", asegura un alto mando policial.

El grupo de ‘irreductibles'.

¿Pero se sabe cuántos presos de la banda se muestran críticos? Sus comunicaciones son controladas y sus gestos son escrutados con detalle; sin embargo, funcionarios de prisiones reconocen que, precisamente, como se saben vigilados pocas veces dejan ver cuál es su posición. A finales de 2004, la Comisaría General de Información de la Policía elaboró un estudio que mostró resultados sorprendentes: casi la mitad de los presos de ETA era partidaria de abandonar las armas. El mismo documento señalaba, sin embargo, que había una treintena de "irreductibles" que evitaban con mano firme que aflorara la disidencia dentro del llamado frente de makos.

Desde entonces, no se han vuelto a hacer estudios similares, salvo en prisiones concretas, según reconocen fuentes policiales, pero desde el Ministerio del Interior dicen no necesitarlos y tener claro cuál es el perfil de unos y de otros. De los blandos y de los duros. Veteranos, con largas condenas y mucho tiempo ya en la cárcel, son partidarios de apostar por la política. Jóvenes, detenidos en los últimos años y procedentes de la kale borroka, los que defienden cometer el mayor número de atentados para que sea el Gobierno el que se vea forzado a sentarse a negociar.

Estas diferencias internas son conocidas por ETA. Y por el Gobierno. La primera ha intentado mantener la disciplina a través de los abogados y de las asociaciones de familiares de presos. Quien se sale de la disciplina, pierde su apoyo, se le margina. Además, ha intentado hacer llegar a los presos documentos con su versión de las causas de la ruptura del "alto el fuego permanente". Un ejemplo: tras la carta de Txelis y Pikabea, ETA coló en un buen número de cárceles un ejemplar de Ekia, su boletín para los presos, en el que además de volver a dar su visión de las negociaciones con el Gobierno, recogía las opiniones de algunos de sus presos partidarios de seguir con los atentados.

Tampoco el Gobierno se ha quedado de brazos cruzados. Tras la ruptura de la tregua, inició movimientos muy discretos en su política penitenciaria. Como alguna vez han reconocido Alfredo Pérez Rubalcaba y miembros de su equipo en privado, su intención no es otra que "convertir el mundo de los presos en un dolor de cabeza para la banda". ¿Cómo? Separando a los duros de los blandos. Por ejemplo, a Juan Mari Olano, dirigente de Askatasuna condenado el miércoles, le aisló en su anterior estancia en prisión en la cárcel de Segovia, donde no había más presos de ETA. El objetivo no era otro que provocar dentro de algunas cárceles debates que permitieran que lo que entonces era una generalizada sensación de desánimo se tradujera en críticas públicas.

Hasta ahora lo ha conseguido en las prisiones de Logroño -donde están Txelis y Pikabea- y en la de Córdoba -Urrusolo y Gisasola-, pero los datos que manejan tanto en Interior como entre los partidos políticos vascos apuntan a que puede haber más en los próximos meses. ¿Cuándo? "Eso nunca se sabe. Este tipo de pronunciamientos van siempre muy lentos", reconoce un político vasco.

No obstante, fuentes penitenciarias consultadas por Público apuntan a dos cárceles concretas como posible foco de futuros movimientos de rebelión. Una es el centro penitenciario Puerto III, situada junto a otras dos cárceles en la localidad gaditana del Puerto de Santa María. A esta prisión, inaugurada a finales de 2007, Interior ha trasladado a más de una docena de destacados presos de la banda, como Juan Lorenzo Lasa, Txikierdi; José Javier Zabaleta, Baldo; Henri Parot, Josu Arkauz, Josu de Mondragón; José María Dorronsoro, Juan Antonio López Ruiz , Kubati, y el batasuno Xabier Alegría. Desde Instituciones Penitenciarias se niega intencionalidad en dicha concentración y recalcan que están en aislamiento, sin contacto entre ellos. Sin embargos, otras fuentes aseguran que hay debate.

La otra cárcel es la de Herrera de La Mancha, donde se encuentran una veintena de etarras de segundo nivel. Por su parte, fuentes políticas vascas no descartaban que más presos de la prisión de Córdoba se sumen a las críticas. Estas mismas fuentes destacan también que, más que el número de presos que den el paso -dudan que se supere al final la docena-, la principal novedad es que "los que hasta ahora daban el paso, lanzaban sus críticas y se quedaban de brazos cruzados, cuando no daban marcha atrás. Ahora, sin embargo, intentan atraer a otros reclusos a sus posiciones".

Apoyo exterior.

Los movimientos en las cárceles se han visto alentados desde el exterior por relevantes miembros de la izquierda abertzale, aunque en la mayoría de la veces de modo muy discreto. Sin embargo, un antiguo dirigente de HB, Josu Aizpurua, ex parlamentario de la formación a comienzos de los 80, de cuya Mesa Nacional llegó a formar parte, hizo pública recientemente una carta dirigida a los reclusos de la organización en la que animaba a estos a promover el fin del "sinsentido" de ETA. "Tuvimos 300.000 partidarios dispuesto a todo, los presos en la calle, un partido legalizado, un gran periódico y mucha ilusión. Hoy no tenemos nada. ¿Por qué nadie dimite y confiesa su error?" se pregunta.

Mientras llegan las hipotéticas nuevas críticas, Interior mantiene la guardia alta. Los analistas de la Policía están convencidos de que los actuales jefes etarras intentarán frenar la crítica cómo siempre ha hecho la banda: con un atentado que demuestre que ellos tienen las pistolas y, por tanto, aún mandan.

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